​Por: Cesar Caamaño.
Especialista en seguridad publica y Contrainteligencia.

​Presidente Nayib Bukele, y a todo aquel que se atreva a generalizar en contra de la República Dominicana: es cierto que en nuestras filas militares, como en cualquier institución del mundo, puede haber manzanas podridas; no somos ángeles, somos seres humanos. Pero pretender manchar la honorabilidad de toda una nación y de nuestras Fuerzas Armadas basándose en casos aislados es una bajeza intelectual. Esa misma corrupción sistémica e individual se observa a diario en otros países, incluidas las llamadas potencias mundiales.


​Conviene recordar los hechos con claridad: nosotros no fabricamos municiones, no fabricamos armas ni financiamos pandillas, ni en nuestro territorio ni en otras naciones.


​Entrar en un conflicto bélico formal con Haití es exactamente lo que algunos buscan desde fuera: provocar una conflagración bilateral para luego dictar sanciones, declarar estados de sitio o acorralar internacionalmente a la República Dominicana. Nuestro presidente ha sido de los pocos jefes de Estado que consistentemente ha elevado su voz ante los foros internacionales en procura de una salida diplomática y de ayuda humanitaria real y sostenida para esa nación hermana que comparte la isla con nosotros. Sirvase usted de ese pastel retórico y haga lo que considere en su nación, pero sin que de su boca salgan agravios colectivos contra nuestras Fuerzas Armadas ni contra la dignidad del pueblo dominicano.


​Conviene repasar la historia: hemos sido el único país del Caribe en enfrentar al ejército más poderoso del mundo en dos ocasiones distintas (primero a las tropas napoleónicas de Francia, y posteriormente a la intervención estadounidense en 1965). No tenemos miedo de nadie; simplemente, nuestro gobierno ha optado por una vía de prudencia y diplomacia. Hemos estado presentes en gestas libertarias como la independencia de Cuba y hemos demostrado coraje frente a todas las adversidades imaginables.
​Si de verdad se quiere intervenir, el camino está trazado: vaya a la ONU, logre que el Consejo de Seguridad autorice el uso legítimo de la fuerza contra las bandas haitianas y, con esa luz verde multinacional, actúe. Pero que quede algo muy claro: nosotros no somos los payasos de circo de nadie, y por primera vez un mandatario dominicano le ha dado el frente con valentía y soberanía al problema haitiano.


​La realidad de las cifras y el peso que carga la República Dominicana
​Para hablar de Haití y de la crisis migratoria y de seguridad, hay que hablar con datos sobre la mesa. La República Dominicana sostiene una carga humanitaria y económica desproporcionada que ningún otro país de la región está dispuesto a asumir:
​Presupuesto en salud: El Estado dominicano destina más del 13% de su presupuesto de salud pública a la atención médica de ciudadanos extranjeros (principalmente parturientas haitianas), lo que satura nuestras maternidades y hospitales públicos. Se calcula que el costo anual de esta atención supera los 10,000 millones de pesos.


​Presión laboral y económica: Sectores clave de nuestra economía como la construcción y la agricultura dependen fuertemente de la mano de obra extranjera, pero esto también genera una presión invisible sobre los servicios básicos nacionales (educación, electricidad, seguridad ciudadana y saneamiento).


​El costo del control fronterizo: La República Dominicana invierte miles de millones de pesos anuales en mantener vigilada la frontera, contener el contrabando y construir el muro perimetral, mientras la comunidad internacional se limita a observar desde la comodidad de la distancia.


​Creemos firmemente que escoger a un líder haitiano legítimo, capaz de asumir el compromiso histórico de enderezar los destinos de su propio pueblo conociendo las entrañas, las problemáticas y la idiosincrasia de su gente, es la única solución viable y duradera. Pretender venir desde muy lejos a querer jugar al «Capitán América» sin conocer la realidad insular es, cuando menos, una irresponsabilidad política.


​Le aconsejo utilizar las vías diplomáticas, el Consejo de Seguridad de la ONU o el Sistema de la Integración Centroamericana (SICA) para articular un foro real y efectivo frente a la crisis haitiana que nos afecta a todos de manera directa.


​Por último, un recordatorio fundamental: los haitianos no cruzaron a El Salvador a secuestrar a nadie.
​Estoy en total desacuerdo con el accionar de las bandas armadas en Haití, repudio cualquier acto de violencia contra ciudadanos indefensos y rechazo de la forma más enérgica la generalización irresponsable contra nuestro glorioso Ejército Nacional. Los dominicanos llevamos la carga más pesada en esta situación y no hemos responsabilizado a nadie alegremente, ni lo haremos. Estamos convencidos de que Haití tiene salvación, pero esa solución debe nacer de su propia gente, con el respaldo ordenado del mundo, y no a base de discursos estridentes que solo buscan aplausos en las redes sociales.

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