
Por: Cesar Caamaño.
Especialista en seguridad publica y contrainteligencia.
En el debate diario sobre la seguridad publica, suele ser común —y con justa razón— señalar los fallos, excesos o deficiencias de las instituciones públicas.
Sin embargo, hemos caído en un peligroso desequilibrio donde la figura del agente de policía se ha convertido en el blanco fácil de la frustración colectiva, la intolerancia y, cada vez con más frecuencia, de agresiones físicas y verbales injustificadas.
Es preocupante observar cómo el desacato a la autoridad se ha vuelto una costumbre cotidiana.
Agentes agredidos durante operativos de rutina, burlas grabadas para redes sociales, insultos al momento de exigir el cumplimiento de una ley de tránsito o resistencia violenta ante un arresto legítimo.
Nos hemos acostumbrado a exigir orden, pero nos rehusamos rotundamente a ser disciplinados.
Exigimos respeto a nuestros derechos, pero vulneramos los de quienes tienen el deber constitucional de garantizarlos.
Frente a esta realidad, es urgente hacer una pausa y recordar una verdad fundamental que la vorágine diaria nos ha hecho olvidar: detrás de cada uniforme hay un ser humano.
El policía que está de pie bajo el sol, en una esquina o patrullando una calle de noche, no es una máquina ni una figura abstracta del Estado.
Es el hijo que una madre despide con una oración en los labios; es el padre o la madre que promete volver a casa para cenar con sus hijos; es el esposo, el hermano, el tío o el abuelo de alguien que vive con el corazón en la boca cada vez que su familiar sale a trabajar.
Quien decide vestir el uniforme toma una decisión que pocos se atreven a tomar: arriesgar la propia vida para proteger la de desconocidos. Juraron hacer cumplir la ley y mantener el orden público, una labor titánica en una sociedad donde la convivencia pacificadora parece erosionarse día a día. Exigirles eficiencia, ética y profesionalismo es correcto y necesario; pero despojarlos de su dignidad humana y exponerlos al maltrato es inaceptable.
Una sociedad que no respeta a sus autoridades encargadas del orden está destinada al caos. La crítica constructiva y la exigencia de transparencia deben coexistir con el respeto mutuo, la empatía y la civilidad.
La próxima vez que crucemos mirada con un agente del orden, recordemos que detrás de esa placa late un corazón que siente, que teme y que anhela, al igual que cualquiera de nosotros, regresar sano y salvo al abrazo de su familia al final de la jornada. Volver a cultivar el respeto por nuestros policías no es solo un acto de justicia para con ellos, sino el primer paso para reconstruir la paz social que tanto anhelamos.
Creo que ha llegado el momento de que todos, incluidos los policías, aprendamos más deberes y menos derechos.
