
Por. Cesar Caamaño.
Especialista en seguridad publica y contrainteligencia.
Cuando publicamos aquel artículo calificando de infame el informe de las Naciones Unidas, lo hicimos con la convicción de que la verdad histórica y la soberanía nacional no se negocian. Hoy, el tiempo y los hechos nos dan la razón. Aquellos mismos «expertos» que al principio aplaudieron sin titubear y dieron por sentado el bochornoso documento, hoy maniobran en una pirueta argumentativa para lavarse las manos y señalar apresuradamente a las Fuerzas Armadas. Ahora resulta que todo fue un «error de interpretación», un malentendido o una narrativa «mal intencionada».
El pueblo dominicano rechaza categóricamente cualquier intento de manchar la reputación de nuestra nación y de descreditar a nuestros guardias, quienes día a día custodian la frontera en condiciones complejas. No aceptamos mentiras ni agendas externas redactadas desde despachos extranjeros que buscan convertir a la República Dominicana en el chivo expiatorio de crisis ajenas.
Aplaudimos, sin embargo, el evidente recule al que se han visto obligados a recurrir todos los actores implicados, incluidos los infamistas de oficio. La matemática de la manipulación se les desplomó de forma ridícula: pasaron de acusar al país por una cifra astronómica de 960,000 municiones a reducirla drásticamente a 1,500. Pero el chiste se cuenta solo cuando, al exigir pruebas concretas, lo único que presentan sobre la mesa son 13 casquillos ya disparados de calibre 5.56/.223.
De casi un millón de cápsulas a mil quinientas, y de mil quinientas a trece casquillos usados. Si la investigación continúa con rigor y sin el sesgo ideológico que la originó, es seguro que esa narrativa inflada terminará reducida a lo único real que tienen: esos trece casquillos. La verdad no requiere de exageraciones ni de cifras infladas para sostenerse; la infamia, en cambio, se desmonta sola cuando se le exige rigor.
